Los problemas de alimentación infantil son relativamente frecuentes y es una de las principales preocupaciones de los padres entre los 2 y 6 años.
Las causas del rechazo a la alimentación pueden ser varias y presentarse de diferentes formas. Cuando existe un rechazo a la comida en general (sin preferencia por determinados alimentos), cambios repentinos en su apetito y/o peso, podemos estar frente a síntomas que reflejan un proceso de enfermedad o alteración emocional (especialmente frente a cambios importantes del ambiente, problemas familiares, escolares o procesos traumáticos).
Para estar seguros de que estos problemas no son el origen de su inapetencia lo mejor es consultar al pediatra la situación, él os podrá orientar e informar sobre si todo está bien y hará los seguimientos de peso y talla para comprobar que su desarrollo es adecuado.
El rechazo alimentario sin causa médica o alteración emocional es muy común. Se relaciona con etapas concretas del desarrollo, pero también con la dinámica familiar entorno al ritual de la alimentación.
Por un lado, debemos tener presente que en el periodo de 2 a 6 años el ritmo de crecimiento disminuye, por lo que también lo hace las necesidades calóricas y de nutrientes. Además, a partir de los 2 años la alimentación que hasta ahora era el interés principal para el niño/a pasa a un segundo plano.
Por otro lado, no debemos olvidar que a lo largo de la infancia los niños/as se enfrentan a numerosos periodos de adaptación que influyen sobre su apetito y ritual de alimentación: cambio de texturas licuadas a sólidos, introducción de nuevos alimentos, inicio del comedor escolar o comer en casa de los abuelos, etc., cambios que requieren tiempo y paciencia.
Cambiando nuestra respuesta ante el rechazo de comida. Muy frecuentemente la ansiedad de los padres por la incorrecta o escasa alimentación de sus hijos los lleva a realizar conductas que incrementan la negativa estos por la comida, introduciendo además hábitos que mantienen el problema a largo plazo
Os recomiendo no obligar al niño a comer. El hambre es una respuesta fisiológica por lo que el igual que nosotros ellos también saben cuándo tienen o no hambre.
No obligamos al niño a comer, sino que le proponemos y facilitamos el ambiente para que poco a poco vaya adaptándose a los nuevos alimentos y regule su apetito.
Las amenazas con castigos, largas explicaciones e intentos de persuasión prometiendo premios si come determinada cantidad no funcionan: mantienen el problema a largo plazo, agotan a los padres y contribuyen a que los niños tengan más aversión hacia la “hora de comer”.
Además, con estas conductas le estamos enseñando que él/ella es nuestro principal centro de atención cuando rechaza la comida o hace aquello que tanto nos “irrita”, por lo que queriendo llamar nuestra atención tenderá a volver a hacerlo.
¡¡ Con lo divertido que es ver a mamá perseguirme por la casa cuchara en mano!!
Os recomiendo abandonar estas respuestas y dar la vuelta a la situación, ignoraremos el rechazo de comida y nos centraremos en felicitarle por lo que está haciendo bien: lo que sí está comiendo, lo que ha querido probar, lo bien que utiliza los cubiertos o está sentado, etc.
Los más importante es generar un “ritual de calma “pero con normas claras para TODOS los miembros de la familia, nuestro objetivo es que los niños aprendan una rutina y asocien el momento de comer a una situación agradable.
Cada niño tiene su ritmo de alimentación y debemos ser flexibles para respetar su propio ritmo, pero en general el tiempo de comer no debe exceder los 30-35 minutos.
El objetivo es evitar mantener a los niños sentados en la mesa durante eternos periodos de tiempo mientras insistimos en que se lo terminen todo. En su lugar les enseñaremos que transcurridos este tiempo el plato se retira.
Como tienen muchas dificultades para estimar el tiempo os propongo utilizar un temporizador visual para que puedan controlar el tiempo que les queda y regular su propia conducta. Existen aplicaciones gratuitas de temporizadores visuales para la tablet, también podéis adquirir un reloj visual (time timer), utilizar un reloj de arena o un reloj de cocina con alarma.
En ocasiones algunos niños cenan poco porque están muy cansados, por lo que adelantando la hora de la cena comen mejor.
Por otro lado, recordad que la actividad física contribuye a que tengamos más hambre.
En ocasiones el acceso a este tipo de comida es muy fácil para los niños, por lo que no comerán a la hora adecuada si saben que luego tienen “barra libre” en la nevera.
En su lugar, podemos aprovechar lo que sabemos que le gusta para elaborar platos diferentes: ej. si le gusta la calabaza podemos servirla de diferentes formas y texturas. Se trata de combinar lo que sabemos que sí le gusta con otros alimentos nuevos.
Para ayudarle a aceptar un nuevo alimento, debemos presentárselo muchas veces (entre 10 y 15 veces, aunque no lo quiera probar) y de forma espaciada en el tiempo (entre 2-3 veces por semana), evitando castigos y junto a otros alimentos que le gusten para facilitar que coma algo en cada comida.
Podéis elaborar una lista con el alimento que no os gusta a cada miembro de la familia y ponerlo en la cocina, así el día que se sirva ese alimento se permite a la persona que no le gusta sustituirlo por otro. Es una forma de ser más tolerante y flexible con los gustos de todos.
Os recomiendo facilitar la experimentación y conocimiento de múltiples alimentos: permitiendo que experimenten con los alimentos(tocarlos, comerlos con las manos, olerlos), incluir juegos de rol relacionados con la cocina y alimentos, invitarlos a cocinar juntos, enseñarles cómo se preparan los alimentos, invitarlos a ayudar a hacer la compra, elegir las frutas y verduras, etc.
Laura Torres
Psicóloga General Sanitaria
Neuropsicóloga infantojuvenil
Centre acreditat per la Conselleria de Sanitat
Nº de Registre Sanitari 4490
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